domingo, 29 de julio de 2012

Misoginia

Así fue en la tierra de Guilliver.

El enano piso al enano...

Así fue en casa de la abuela.

La mujer piso a la mujer...
Ustedes querían que no fuéramos nada ni nadie...
ustedes querían vernos ahí: en el rincón del olvido, bofetadas por la rabia de la lluvia de un julio pasado...

Ustedes nos quisieron en las malas, olvidándonos en las buenas.
Quisieron que la misericordia de las iglesias oxidadas de la ciudad nos rescataran de la ausencia de la vida misma.

Ustedes vieron a la mujer que no querían ver...
libre de pecado, altiva en la grada de la dignidad, entera así: sin fracciones.

Creyeron que solamente sobreviviríamos cuando en realidad vivimos.

Pensaron que nos íbamos a quedar con la mirada perdida, con aire de luto eterno.

Nos creyeron muertas.
Nos imaginaron sedientas.





viernes, 6 de julio de 2012


El mal de la Taiga.
Mi interpretación del amor.


Los locos en sí, siempre han existido. En realidad los locos son los que se dicen cuerdos, vivimos en una ciudad de locos, en un país de locos. Donde todos se sienten seres comunes, serenos, convencionales y sobre todo y sobre la nada, en medio de la nada: cuerdos.                                                                                                     Cuando en realidad los locos de la taiga, de quien traiga la taiga, son también los cuerdos de los cuentos de los lobos. Quizá.
Al amor se le puede tomar por el rizoma de lo que no tiene raíz. Por eso mismo, el amor, esa palabra que se vuelve concepto y con el tiempo y los besos, un sentimiento, desaparece del mismo modo: inesperado, ingrato, irradiante. El amor aparece como a veces aparecen la ronchas matutinas después de que un mosco causó incomodidad toda la noche. Así el “amor” aparece sin querer y queriendo con toda la intensión de un ser vivo que quiere ser escuchado, que tiene hambre de tu cuerpo, de tu sangre y que, sin embargo, discriminamos por creer que se encuentra  molestando, causando eco en el oído de quien no quiere escuchar, de quién quiere dormir. Vivir otra vida en el sueño, quizá vivir en el bosque con los lobos, huyendo, refugiando, resfriando, restaurando.
El “amor” desaparece así como esos mosquitos nocturnos que dicen huir en busca de nuevos vientos, de nueva sangre. ¡Qué se yo! En busca de otro cuerpo.
¿Pero realmente el amor desaparece? ¿La roncha sana? ¿Se vuelve costra?
El amor no es más que…
Menos que…
Al mismo tiempo que…
Por eso mismo decidí hacer un trueque, dame tu portafolio, le dije… recibí  también el dinero y pensé:  “El amor aparece, del mismo modo en que desaparece”. Me quedé con ganas de decirlo, pero guarde silencio. Reflexioné y me dije muy fuerte: “El amor desaparece, el amor desaparece, el amor desaparece”.
Quizá nunca estuvo ahí, nunca lo toqué, ni lo olí, fue un abstracto. Sin embargo el portafolio y los papeles eran tangibles y ahora estaban en mi poder. El acertijo no lo era, entonces entre múltiples reflexiones y refracciones no pude dormir, mientras los lobos aullaban y los moscos me picaban.
No quise meditar más acerca del amor, me dio pereza pensar en el amor y desamor, como la rutina del humano que tiene que entretenerse en algo, cuando tiene acertijos y un caso de locos por resolver.
Me recosté, pensé que mi cabello ya era muy largo. En la punta de mi lengua estaba la palabra queratina. Queratina, quebrada, quieta, quemada ¡Ay la queratina de aquel cabello que me acariciaste!
¿El amor llega y se va? El amor es energía, por lo tanto, no desaparece sólo se transforma. Le dí un trago hondo, sin pensarlo a mi trago, un delicioso mojito.
Quise perderme en un bosque, lejano, cercano, en uno de esos bosques donde no se sabe si hay ruido o silencio porque están ausentes de  voces y oídos. Tome las llaves y salí con la prisa de quien no quiere mansiones ni condominios lujosos sino un bosque. Para vivir, para huir, para refugiarse del amor entre los lobos.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Fragmento.
"EL DISCO DE NEWTON"
Cristina Rivera Garza.


III. MERCURIAR


Caminaré bajo la lluvia, me dije.


Fue Ramón López Velarde quien alguna vez festejó esa costumbre
heroicamente insana de hablar solo mientras describía, al mismo 
tiempo, el contradictorio prestigio de su prima Águeda.


El mercurio, que en condiciones normales tiene un color blanco y un 
brillo plateado, es un metal poco abundante en la corteza terrestre.


Cabe la posibilidad de que la persona que la persona que camina bajo la lluvia tenga
frío y piense, mientras se aproxima, en una historia de la infancia.


Por alguna razón desconocida aparece en la página la palabra: radiante. 


Un niño, o una niña podría saltar por horas enteras sobre los charcos 
que se forman en las banquetas.


Resbalar, que es siempre una posibilidad.


Hay gotas de agua que penden de la punta de una hoja que a su vez 
pende de una rama que a su vez.


A veces es posible capturar momentáneamente el reflejo que produce
la luz sobre la superficie mojada.


Para caminar bajo la lluvia es necesario primero abrir una puerta.


La niña piensa en la palabra "soy libre" mientras extiende los brazos
y eleva el rostro hacía el cielo y despega los labios.


Hubo, alguna vez, una colina húmeda.
Hubo, alguna vez, una ciudad mercurial.


Una mujer lo observa todo detrás de un parabrisas: la atroz algarabía
de los niños que han dejado la escuela para correr sobre las banquetas
de un día nublado.


¿Alcanzas a oír las campanadas de la iglesia?


Hay algo sumamente meláncolico en las viejas fotografías en blanco 
y negro donde lo que cuenta es, por cierto, el color gris.


La llovizna es una de las formas más dúctiles de la felicidad.


Que alguien diga ya: el amor es sin duda un fenómeno atmosférico.


Resulta demasiado fácil perder un paraguas.


Nadie se detendría a observar la súbita formación de los cumolinimbos, las nubes que anuncian tormentas, en el cielo del atardecer. 


Casi todas las tragedias son accidentales.


En el Diluvio, uno de los grabados que Gustavo Doré incluyera en
su edición ilustrada de La Biblia de 1866, un tigre y unos cuantos 
humanos intentan poner a salvo a sus críos al colocarlos sobre
una roca gigantesca.


Muerte por agua es el título de una novela de Julieta Campos.


"Existe una sensación de lloro y una quemazón en el pecho a medida
que el agua desciende por las vías aéreas, luego viene esa especie
de caída en una sensación de calma y tranquilidad" comenta.
Mike Tipton, fisiólogo y experto en supervivencia en el mar de la
Universidad de Portsmouth en el Reino Unido.


Los ahogados suelen ocasionar una pena infinita.


En esta caja de mercurio que pongo en tus manos hay relámpagos y
granizo y escarcha y truenos y dientes anodinos.


En la Disertación Médico-Prácticaen que se trata de las muertes
aparentes de los recién nacidos, anegados, ahogados por el lazo, sofocados
por el carbón, y del vino, pasmados del frío, tocados del rayo, etc., y de
los medios para revocarles la vida, escrita por el doctor en medicina
Jose Ignacio Sanponts, socio de la Academia Médico-Práctica 
establecida en Barcelona y publicada en 1777, se sugiere que el beso,
o algo que desde la distancia da la apariencia de ser beso, puede
resucitar a los ahogados.


¿Sueñan algo los cadáveres detrás de las cortinas de agua?


Uno siempre se pregunta después si todo podría haber sido distinto.


El ruido que producen las gotas de la lluvia al contra las 
ventanas es, a veces, una forma de arrullo.


Y Wendy creció y buscó refugio detrás de un Gran Vidrio.


Es díficil saber dónde o cuándo se origina el gusto por palabras
como overcast.


Les Merveilleux Nuages es el título de una novela de Francoise Sagan, 
cuyo verdadero nombre era Francoise Quoirez.


El clima es todavía un fenómeno incontrolable.

domingo, 15 de abril de 2012

Cloroplasto

Hay en todos nosotros una espectro de luz que nos hace mirar con más intensidad un color.
El que sea.
Donde sea.

Incluso con los ojos cerrados, algunos solemos ver colores. Los más, los menos.

Pero hay un verde, que re-evoluciona y revoluciona en todos los sentidos de la palabra.

Un verde que crea, transforma.
Un verde así.



miércoles, 11 de abril de 2012

Desamor

                                                                            
Me vio como se mira al través de un cristal
o del aire
o de nada.

Y entonces supe: yo no estaba allí
ni en ninguna otra parte
ni había estado nunca ni estaría.

Y fui como el que muere en la epidemia,
sin identificar, y es arrojado
a la fosa común.

Rosario Castellanos