Anna Ajmátova.
Simple rincón donde se expresan sentimientos, emociones a través de palabras enredadas. Rincosito de poesía y utopías.
viernes, 29 de marzo de 2013
sábado, 2 de marzo de 2013
El hombre que era el diablo del deseo.
El hombre que tú soñaste para mí llegó con la piel equivocada
que era roja
llegó despidiendo el aroma indistinguible
del azufre de su tierra bajo la tierra
llegó con las pezuñas de cabra y con los ojos
de ciego.
El hombre que yo temí desde antes que existiera
era tu deseo
y era mi pesadilla.
Él iba a abrir mis rodillas y a sacarme del sexo
el hijo que tú querías.
Él iba a apretarme las bridas y a domarme
las ansias con la disciplina del amor.
El hombre que tú deseabas para mí
era más poderoso que yo.
Él iba a retozar en mi lecho y a beberme la sangre
noche tras noche y durante el día.
Él iba a darme la palidez y la debilidad y la cordura
de lo que es dulce y está muerto.
Él iba a desdoblarme como un mapa y a colocar
las banderas de su conquista sobre mis senos
sobre el ombligo, dentro del sexo
y en todos mis huesos.
Él iba a llevarme a su casa y a construirme
un mundo como el tuyo.
Pero el hombre que era el diablo del deseo
que tú querías para mí
aquí dentro de mi sexo
doblegándome de placer y callándome
con la lengua húmeda de sus besos
tuvo que medir fuerzas con las mías.
Él tuvo que sentir el mástil de mis banderas
sobre sus ojos, sus brazos, su sexo.
Tuvo que saberse pálido y débil y cuerdo
como lo que es amado y dulce y está muerto.
Él tuvo que vivir en la casa que yo construí.
Y justo como yo antes de que él existiera en mí
él me temió y él me maldijo
y maldijo el amor, la disciplina feroz del amor
la injusticia y la desigualdad de todo el amor.
Entonces
sin saber
sin notarlo apenas
llegó la mujer que tú nunca soñaste para mí.
De La más mía, Cristina Rivera Garza
que era roja
llegó despidiendo el aroma indistinguible
del azufre de su tierra bajo la tierra
llegó con las pezuñas de cabra y con los ojos
de ciego.
El hombre que yo temí desde antes que existiera
era tu deseo
y era mi pesadilla.
Él iba a abrir mis rodillas y a sacarme del sexo
el hijo que tú querías.
Él iba a apretarme las bridas y a domarme
las ansias con la disciplina del amor.
El hombre que tú deseabas para mí
era más poderoso que yo.
Él iba a retozar en mi lecho y a beberme la sangre
noche tras noche y durante el día.
Él iba a darme la palidez y la debilidad y la cordura
de lo que es dulce y está muerto.
Él iba a desdoblarme como un mapa y a colocar
las banderas de su conquista sobre mis senos
sobre el ombligo, dentro del sexo
y en todos mis huesos.
Él iba a llevarme a su casa y a construirme
un mundo como el tuyo.
Pero el hombre que era el diablo del deseo
que tú querías para mí
aquí dentro de mi sexo
doblegándome de placer y callándome
con la lengua húmeda de sus besos
tuvo que medir fuerzas con las mías.
Él tuvo que sentir el mástil de mis banderas
sobre sus ojos, sus brazos, su sexo.
Tuvo que saberse pálido y débil y cuerdo
como lo que es amado y dulce y está muerto.
Él tuvo que vivir en la casa que yo construí.
Y justo como yo antes de que él existiera en mí
él me temió y él me maldijo
y maldijo el amor, la disciplina feroz del amor
la injusticia y la desigualdad de todo el amor.
Entonces
sin saber
sin notarlo apenas
llegó la mujer que tú nunca soñaste para mí.
De La más mía, Cristina Rivera Garza
Usted.
Con tremenda soledad ¿con qué autoridad viene usted a querer quererla?
Huye te digo. Aún no te conozco, pero huye... escucha a esa voz que no es futuro ni quebranto sino conciencia.
¿Con qué ansia viene usted a querer besarla?
¿Quitarle el vestido, arrancar el olor a flor de su cabello mojado?
Usted no sabe lo que dice, no sabe en lo que se mete... ella es más que un cuerpo enamorado.
No puedo evitar reír cuando usted hace una analogía entre sus pechos y las montañas de la Sierra Madre del Sur...
No puedo evitar preocuparme de verlo escuchando trova en las noches trasnochadas...
Usted no tiene prisa... pero tampoco tenga calma.
¿Escucha? Es el sonido de unas botas viejas, ella viene a verle... trae consigo a la soledad, a la risa marchita, trae consigo una vida rota, viejos amores, amores inconclusos, trae consigo canciones y llantos, trae una soledad tan suya, trae consigo a un pueblo de Veracruz.
¿Con qué solidez viene usted a querer quererla, cuidarla, besarla?
Usted trae consigo y su disfraz la inocencia que ella perdió en un bar del centro, que ella aventó cuando por la ventana tiro los santos de una religión perdida, que dejo olvidada en un vagón del metro... en un pueblo...
Ella trae consigo poesía triste.
Usted debería pensarlo dos veces, tres, cuatro, cinco... debería pensarlo. Usted.
Huye te digo. Aún no te conozco, pero huye... escucha a esa voz que no es futuro ni quebranto sino conciencia.
¿Con qué ansia viene usted a querer besarla?
¿Quitarle el vestido, arrancar el olor a flor de su cabello mojado?
Usted no sabe lo que dice, no sabe en lo que se mete... ella es más que un cuerpo enamorado.
No puedo evitar reír cuando usted hace una analogía entre sus pechos y las montañas de la Sierra Madre del Sur...
No puedo evitar preocuparme de verlo escuchando trova en las noches trasnochadas...
Usted no tiene prisa... pero tampoco tenga calma.
¿Escucha? Es el sonido de unas botas viejas, ella viene a verle... trae consigo a la soledad, a la risa marchita, trae consigo una vida rota, viejos amores, amores inconclusos, trae consigo canciones y llantos, trae una soledad tan suya, trae consigo a un pueblo de Veracruz.
¿Con qué solidez viene usted a querer quererla, cuidarla, besarla?
Usted trae consigo y su disfraz la inocencia que ella perdió en un bar del centro, que ella aventó cuando por la ventana tiro los santos de una religión perdida, que dejo olvidada en un vagón del metro... en un pueblo...
Ella trae consigo poesía triste.
Usted debería pensarlo dos veces, tres, cuatro, cinco... debería pensarlo. Usted.
Visita.
No estoy.
No la conozco.
No quiero conocerla.
Me repugna lo hueco,
La afición al misterio,
El culto a la ceniza,
A cuanto se disgrega.
Jamás he mantenido contacto con lo inerte.
Si de algo he renegado es de la indiferencia.
No aspiro a transmutarme,
Ni me tienta el reposo.
Todavía me intrigan el absurdo, la gracia.
No estoy para lo inmóvil,
Para lo inhabitado.
Cuando venga a buscarme,
Díganle:
"se ha mudado".
Oliverio Girondo
martes, 8 de enero de 2013
"Hace cincuenta y tres años nací como hembra animal humana. Me dijeron que eso significaba ser una “mujer”, pero nunca supe a que se referían. Enamórate de un hombre y veras… lo hice (muchas veces), pero no lo vi. Da a luz y veras… Yo di a luz y no sabia (…)
Je pensé donc je suis (pienso luego existo), pero ¿Porqué? ¿Alguna clase de pretensión del señor Descartes? Si yo soy lo que pienso, entonces puedo ser cualquier cosa, desde una sopa de pollo a un par de tijeras, un cocodrilo, un cadáver, un leopardo o una cerveza, (…) Si soy mi cuerpo entonces soy el feto de una mujer de edad mediana cambiando a cada segundo. Y como todo mundo, ansío tener una identidad, aunque este anhelo siempre me desconcierta."
Leonora Carrington.
Je pensé donc je suis (pienso luego existo), pero ¿Porqué? ¿Alguna clase de pretensión del señor Descartes? Si yo soy lo que pienso, entonces puedo ser cualquier cosa, desde una sopa de pollo a un par de tijeras, un cocodrilo, un cadáver, un leopardo o una cerveza, (…) Si soy mi cuerpo entonces soy el feto de una mujer de edad mediana cambiando a cada segundo. Y como todo mundo, ansío tener una identidad, aunque este anhelo siempre me desconcierta."
Leonora Carrington.
sábado, 22 de diciembre de 2012
Esa noche...
Me refugie con él tras la maleza de una colonia
Le pedí que me abrazará ,cuando menos me dí cuenta
ya había perdido los pantalones, él me había penetrado.
yo pensé que era sexo casual ¡pero no!
lo que él y yo hacíamos era un activismo de cuerpo a cuerpo.
En su gemir yo perdí el pudor…
mis ojos lagrimearon de puro placer
Yo ya no era yo, yo era él.
Él era yo.
Esa noche nadie nos vio tras la maleza…
esa noche él dejó de quererme, esa noche no la olvidaré.
Esa noche…
Esa noche…
Esa noche…
Alejandra Atzín
Alguien me dijo que las penas de amor
no duelen a los 20 años, pero nadie
me dijo el dolor tan hondo, dolor tan profundo que
produce a los 18, cuando los senos desnudos de
una mujer a penas se asoman al placer, al querer
al creer, al abismo de otro cuerpo dentro de tu cuerpo.
Nadie me dijo que a los 20, sí efectivamente duele
y duele mucho
el amor, la patria, el hambre, la codicia,
la ignorancia, la apatía… duele el lado extremo del cerebro.
Duele el amor, el amor por todos. El amor por ti que ahora
no me tienes, pero te pido que me tientes.
Alejandra Atzín.
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