jueves, 13 de diciembre de 2012

País de la ausencia.


País de la ausencia
extraño país,
más ligero que ángel
y seña sutil,
color de alga muerta,
color de neblí,
con edad de siempre,
sin edad feliz.

No echa granada,
no cría jazmín,
y no tiene cielos
ni mares de añil.
Nombre suyo, nombre,
nunca se lo oí,
y en país sin nombre
me voy a morir.


Ni puente ni barca
me trajo hasta aquí,
no me lo contaron
por isla o país.
Yo no lo buscaba
ni lo descubrí.

Parece una fábula
que yo me aprendí,
sueño de tomar
y de desasir.
Y es mi patria donde
vivir y morir.

Me nació de cosas
que no son país;
de patrias y patrias
que tuve y perdí;
de las criaturas
que yo vi morir;
de lo que era mío
y se fue de mí.

Perdí cordilleras
en donde dormí;
perdí huertos de oro
dulces de vivir;
perdí yo las islas
de caña y añil,
y las sombras de ellos
me las vi ceñir
y juntas y amantes
hacerse país.

Guedejas de nieblas
sin dorso y cerviz,
alientos dormidos
me los vi seguir,
y en años errantes
volverse país,
y en país sin nombre
me voy a morir.


Gabriela Mistral.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Salvación



Se fuga la isla 
Y la muchacha vuelve a escalar el viento 
y a descubrir la muerte del pájaro profeta 
Ahora 
es el fuego sometido 
Ahora 
es la carne 
la hoja 
la piedra 
perdidos en la fuente del tormento 
como el navegante en el horros de la civilización 
que purifica la caída de la noche 
Ahora 
La muchacha halla la máscara del infinito 
y rompe el muro de la poesía. 

Alejandra Pizarnik

jueves, 30 de agosto de 2012

De cuando en cuando es bueno dedicar poesía.



Me sirve y no me sirve...

Me sirve y no me sirve
La esperanza tan dulce,
tan pulida, tan triste,
la promesa tan leve,
no me sirve.
No me sirve tan mansa la esperanza

La rabia tan sumisa,
tan débil, tan humilde,
el furor tan prudente
no me sirve.
No me sirve
Tan sabia tanta rabia.

El grito tan exacto
si el tiempo lo permite,
alarido tan pulcro
no me sirve.
No me sirve tan bueno
Tanto trueno

El coraje tan dócil
la bravura tan chirle,
la intrepidez tan lenta
no me sirve.
No me sirve
tan fría la osadía.

Si me sirve la vida
que es vida hasta morirse,
y el corazón alerta sí me sirve.
Me sirve cuando avanza
la confianza.

Me sirve tu mirada
que es generosa y firme,
y tu silencio franco sí me sirve.
Me sirve la medida de tu vida.

Me sirve tu futuro
que es un presente libre,
y tu lucha de siempre
sí me sirve.
Me sirve tu batalla
sin medalla.

Me sirve la modestia
de tu orgullo posible,
y tu mano segura
sí me sirve.
Me sirve tu sendero,
compañero.


Mario Benedetti 

lunes, 20 de agosto de 2012

No se me importa un pito que las mujeres...


No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de sorportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.


                                                                                                               Oliverio Girondo

domingo, 29 de julio de 2012

Misoginia

Así fue en la tierra de Guilliver.

El enano piso al enano...

Así fue en casa de la abuela.

La mujer piso a la mujer...
Ustedes querían que no fuéramos nada ni nadie...
ustedes querían vernos ahí: en el rincón del olvido, bofetadas por la rabia de la lluvia de un julio pasado...

Ustedes nos quisieron en las malas, olvidándonos en las buenas.
Quisieron que la misericordia de las iglesias oxidadas de la ciudad nos rescataran de la ausencia de la vida misma.

Ustedes vieron a la mujer que no querían ver...
libre de pecado, altiva en la grada de la dignidad, entera así: sin fracciones.

Creyeron que solamente sobreviviríamos cuando en realidad vivimos.

Pensaron que nos íbamos a quedar con la mirada perdida, con aire de luto eterno.

Nos creyeron muertas.
Nos imaginaron sedientas.





viernes, 6 de julio de 2012


El mal de la Taiga.
Mi interpretación del amor.


Los locos en sí, siempre han existido. En realidad los locos son los que se dicen cuerdos, vivimos en una ciudad de locos, en un país de locos. Donde todos se sienten seres comunes, serenos, convencionales y sobre todo y sobre la nada, en medio de la nada: cuerdos.                                                                                                     Cuando en realidad los locos de la taiga, de quien traiga la taiga, son también los cuerdos de los cuentos de los lobos. Quizá.
Al amor se le puede tomar por el rizoma de lo que no tiene raíz. Por eso mismo, el amor, esa palabra que se vuelve concepto y con el tiempo y los besos, un sentimiento, desaparece del mismo modo: inesperado, ingrato, irradiante. El amor aparece como a veces aparecen la ronchas matutinas después de que un mosco causó incomodidad toda la noche. Así el “amor” aparece sin querer y queriendo con toda la intensión de un ser vivo que quiere ser escuchado, que tiene hambre de tu cuerpo, de tu sangre y que, sin embargo, discriminamos por creer que se encuentra  molestando, causando eco en el oído de quien no quiere escuchar, de quién quiere dormir. Vivir otra vida en el sueño, quizá vivir en el bosque con los lobos, huyendo, refugiando, resfriando, restaurando.
El “amor” desaparece así como esos mosquitos nocturnos que dicen huir en busca de nuevos vientos, de nueva sangre. ¡Qué se yo! En busca de otro cuerpo.
¿Pero realmente el amor desaparece? ¿La roncha sana? ¿Se vuelve costra?
El amor no es más que…
Menos que…
Al mismo tiempo que…
Por eso mismo decidí hacer un trueque, dame tu portafolio, le dije… recibí  también el dinero y pensé:  “El amor aparece, del mismo modo en que desaparece”. Me quedé con ganas de decirlo, pero guarde silencio. Reflexioné y me dije muy fuerte: “El amor desaparece, el amor desaparece, el amor desaparece”.
Quizá nunca estuvo ahí, nunca lo toqué, ni lo olí, fue un abstracto. Sin embargo el portafolio y los papeles eran tangibles y ahora estaban en mi poder. El acertijo no lo era, entonces entre múltiples reflexiones y refracciones no pude dormir, mientras los lobos aullaban y los moscos me picaban.
No quise meditar más acerca del amor, me dio pereza pensar en el amor y desamor, como la rutina del humano que tiene que entretenerse en algo, cuando tiene acertijos y un caso de locos por resolver.
Me recosté, pensé que mi cabello ya era muy largo. En la punta de mi lengua estaba la palabra queratina. Queratina, quebrada, quieta, quemada ¡Ay la queratina de aquel cabello que me acariciaste!
¿El amor llega y se va? El amor es energía, por lo tanto, no desaparece sólo se transforma. Le dí un trago hondo, sin pensarlo a mi trago, un delicioso mojito.
Quise perderme en un bosque, lejano, cercano, en uno de esos bosques donde no se sabe si hay ruido o silencio porque están ausentes de  voces y oídos. Tome las llaves y salí con la prisa de quien no quiere mansiones ni condominios lujosos sino un bosque. Para vivir, para huir, para refugiarse del amor entre los lobos.